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24 febrero, 2013

Presentación Ciclo "La crisis constitucional en España", en el Ateneo de Madrid


ATENEO CIENTÍFICO, LITERARIO Y ARTÍSTICO DE MADRID
SECCIÓN DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLÍTICAS       
“PRESENTACIÓN DEL CICLO LA CRISIS CONSTITUCIONAL EN ESPAÑA” 

MESA REDONDA con la participación de D. Javier Benegas, periodista y autor del libro “Sociedad Terminal”, D. Manuel Muela Martín-Buitrago, Presidente del Centro de Investigación y Estudios Republicanos (CIERE), y D. Pedro López Arriba Presidente de la Sección y Vicepresidente 1º del Ateneo de Madrid.
Presentados por D. Carlos Pérez Martínez, Secretario de la Sección.

Miércoles 27 de febrero de 2013 - 19:30 horas 
Sala Ciudad de Úbeda
Ateneo de Madrid – Calle del Prado, nº 21.  28014 Madrid

Adjuntamos invitación para dicho Acto:





14 enero, 2013

La Agonía de la Transición ... así resultó.



Reproducimos a continuación, por su interés y oportunidad, el siguiente artículo publicado en VozPópuli.

Marea constituyente y la responsabilidad de UPyD y de IU

MANUEL MUELA (14-01-2013) 
vozpopuli.com

Con motivo de la presentación del libro La agonía de la Transición: crónicas republicanas en vozpopuli.com en el Ateneo de Madrid, se produjo un debate, como es obligado en esa institución, que estimula la reflexión para lograr aportaciones constructivas en beneficio del país. El auditorio era numeroso y heterogéneo, pero unido por la preocupación, en muchos casos irritada, por la situación de España; y también unido en la demanda imperiosa de cambios profundos que trascienden a un mero cambio de gobierno. En ese microcosmos del acto del Ateneo, cualquier sociólogo político podía extraer elementos para hacer un diagnóstico que, dicho sea de paso, no se separa demasiado de lo que van indicando las encuestas: la marea de la insatisfacción española es interclasista, con una dosis muy elevada de rechazo hacia todo aquello que suponga el mantenimiento del statu quo. La gran pregunta que flotó en el debate fue qué hacer y cómo impulsar el cambio, porque, y esto es relevante, ni una sola voz se alzó para buscar algún atenuante o justificación para quienes ejercen el poder y la oposición. Hubo respuestas variadas, pero quiero centrarme en la que apelaba a la responsabilidad de quienes están en el Parlamento, que son los más obligados a responder, especialmente UPyD e IU.

El poder niega eficacia al ejercicio pacífico de los derechos

El año ha empezado con un toque a rebato de los beneficiarios del régimen, explicitado en los mensajes del Jefe del Estado y del Presidente del Consejo de Ministros, para aguantar la travesía de lo que se presume otro año difícil, que se suma al quinario ya soportado por los españoles. Se continúan pidiendo sacrificios que se parecen más al cumplimiento de una penitencia por los pecados cometidos que a la preparación de un orden político y económico más justo y equilibrado. Esto no aparece en el guion público, ni siquiera como promesa lejana, provocando el desánimo de muchos y la ira de otros tantos, al contemplar las paletadas diarias de podredumbre con las que nos obsequian los autotitulados defensores de lo establecido. Todos sabemos hasta dónde llega el envilecimiento, que ha afectado de forma casi irreversible a instituciones y organizaciones políticas del sistema. Lo saben también los detentadores de las mismas y se refugian en su concha, como los caracoles: no les importa que las gentes utilicen pacíficamente los derechos de manifestación, de huelga o de expresión porque, de antemano, les niegan cualquier eficacia; y no se dan cuenta de que la devaluación del ejercicio pacífico de tales derechos pone más presión a la caldera del descontento.

Conforme avanza el castigo van naciendo en los extramuros del sistema organizaciones cívicas o políticas, que tratan de cubrir el gran vacío dejado por los partidos tradicionales. Es más visible en la izquierda por el desmoronamiento del PSOE, pero el fenómeno se extiende al centro y a la derecha con una velocidad inusual, solo entendible por el fiasco de un gobierno, incapaz de cumplir sus compromisos con los españoles. Es otro ejemplo relevante de devaluación de la democracia que, desde mi punto de vista, tiene consecuencias letales en un país poco acostumbrado a su ejercicio. Crecen, pues, los frentes cívicos, los foros de las libertades civiles, las iniciativas de las juntas de jueces, los movimientos de médicos y abogados, las redes sociales, la prensa digital y un largo etcétera que indica que, después de la perplejidad y del desconcierto, la sociedad española bulle para defenderse de las agresiones y, lo que es más importante, para buscar un futuro mejor. Es lo que el politólogo Manuel Monereo denomina la revolución democrática. Sin duda se conseguirá, porque la marea crece y las defensas de la ciudadela son más frágiles de lo que parecen, pero, para no hacer demasiado largo y costoso el asedio, creo que sería conveniente alguna iniciativa desde dentro a modo de catalizador.

¿Qué dice el Parlamento?

Dado el caos institucional y el descabezamiento del Estado, solo queda fijarse en el Parlamento que, con todas las limitaciones que se quiera, representa formalmente la soberanía nacional. En ese Parlamento ya se han producido defecciones, las de los nacionalistas catalanes y vascos que huyen de un Estado en ruinas y quieren el suyo propio. Los que rechazamos tales iniciativas las constatamos con pesar, algún día habrá que exigir responsabilidades por ello, y tenemos que batallar para cortar la hemorragia de la desintegración del país. Y para ello hay que apelar a los otros grupos parlamentarios, sabiendo que nada se puede esperar del PP y del PSOE, enfrascados en la defensa ciega de un modelo ya inservible y en caída libre de apoyo social. Si siguen así, su porvenir será parecido al de los grandes partidos de la anterior República de Italia, desaparecidos con la Tangentópolis. De ahí la referencia a las otras dos fuerzas nacionales, UPyD e IU, para que den el paso al frente de convocar al cambio de régimen y tiendan la mano a los que se mueven fuera de la ciudadela. Ya no son tiempos de ambigüedad ni de parches Sor Virginia. Las cartas están echadas para todos.

A pesar del descrédito de los dos grandes partidos, los otros, IU y UPyD, no se benefician significativamente de él, porque su mensaje es tibio, y en cierto modo contemporizador, aunque es de justicia reconocer que todavía no han sido fagocitados por los defensores de la ciudadela. En el caso de UPyD que, tras costosos esfuerzos, logró entrar en el Parlamento, se le percibe como un partido de corte reformista similar al de experimentos anteriores de la política española, en los años veinte el Partido Reformista de Melquíades Álvarez en el que militó el propio Manuel Azaña y más cercano en el tiempo el CDS de Suarez. Ambos intentos despertaron cierto interés y algunas simpatías, pero se saldaron en sonoros fracasos porque el momento histórico demandaba mayores ambiciones y energías que las del centrismo reformador, apto para las épocas suaves de la democracia.

Izquierda Unida, por su parte, es en sí misma un magma de las izquierdas tradicionales, que aspira además a recoger parte del naufragio del PSOE. Pero no obtendrá frutos, si se la ve como continuadora lampedusiana de los proyectos naufragados. Su alianza en Andalucía para administrar las políticas de la devastación y del vaciamiento del Estado supone, en mi opinión, un fardo del que tendrá que desprenderse para conservar la capacidad de ofrecer a la nación y a los electores de la izquierda un compromiso claro para cambiar el sistema. Tienen bastante que ganar y poco que perder, y justo lo contrario, de permanecer en la frontera imprecisa actual.

Son días y meses decisivos en los que los españoles, despreciados y castigados, desean recuperar la democracia secuestrada y necesitan ser ayudados para conseguirlo pacíficamente. Sabemos que ninguna Constitución contiene el bálsamo de Fierabrás, pero es urgente conseguirla para sustituir a la actual que ha sido arruinada por los que dicen defenderla. Entre la parálisis y el cambio-El porvenir de España ¿continuidad o ruptura?-cada uno tendrá que elegir. Más nos vale que acertemos.

07 enero, 2013

La Agonía de la Transición



ATENEO CIENTÍFICO, LITERARIO Y ARTÍSTICO DE MADRID
SECCIÓN DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLÍTICAS
    “EL REPUBLICANISMO DEL SIGLO XXI”

Presentación del libro:


Por D. Manuel Muela Martín-Buitrago, Presidente del Centro de Investigación y Estudios Republicanos (CIERE), presentado por D. Jesús Cacho, periodista y director de vozpopuli.com, diario digital. 
Presidido por D. Pedro López Arriba, Presidente de la Sección de Ciencias Jurídicas y Políticas y Vicepresidente Primero del Ateneo de Madrid.

Jueves 10 de enero de 2013
19:30 horas – Sala de Conferencias
Ateneo de Madrid – Calle del Prado, nº 21.  
28014 Madrid

21 marzo, 2012

¡ Viva La Pepa ! ... en el Ateneo de Madrid


El 19 de marzo de 1812, culminados los trabajos desarrollados por las Cortes desde septiembre de 1810, fue promulgada la primera Constitución Española que comenzaba así:

En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo legislador de la sociedad.

Las Cortes Generales y Extraordinarias de la Nación Española, bien convencidas, después del más detenido examen y madura deliberación, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumpli-miento, podrán llenar debidamente el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado.

TITULO 1.- DE LA NACION ESPAÑOLA Y DE LOS ESPAÑOLES

CAPITULO I.- De la Nación Española

Art. 1. La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
Art. 2. La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
Art. 3. La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.
Art. 4. La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.
(...)

Efectivamente, en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid se conmemora el Bicentenario de la Constitución de 1812, popularmente conocida como "La Pepa", debido a su fecha de promulgación, con una serie de Actos, cuyo programa es el siguiente:

El próximo martes, día 27, tendrá lugar el segundo de los Actos programados con la conferencia que lleva por título "Cádiz y el republicanismo español" a cargo de D. Manuel Muela, presidente del C.I.E.R.E., que será presidido por nuestro compañero P.L.A. y presentado por Vilamallén, asimismo del C.R.3. ( a continuación, adjuntamos la invitación)

Sirva este post como invitación a todos sus lectores a este magno Acto cultural que se desarrollará en el magnífico Salón de Actos del Ateneo de Madrid a las 19:30 horas del martes 27 de Marzo de 2012.

Os esperamos a todos el martes que viene para gritar al unísono
¡ Viva la Pepa !
en el Ateneo de Madrid, ¡hasta entonces!.




12 diciembre, 2011

El ocaso de la transición: apertura o búnker


El ocaso de la transición: apertura o búnker

Manuel Muela



En un comentario reciente decía que la crisis española estallaba en el ocaso del régimen de la Transición y que ello ocurría en un momento de quiebra del orden europeo, concretamente de la Unión Europea y de su moneda, el euro. Sobre esto  último ya he expresado diferentes opiniones, que ratifico a la vista de los resultados de la cumbre europea del fin de semana. Probablemente, habrá que volver sobre ello. Hoy debemos centrarnos en la política nacional, que inicia una semana en que se constituyen, por fin, las Cortes, como paso previo a la entrada del nuevo gobierno en días posteriores. 


Todavía no conocemos sus propósitos, pero sí sabemos que las elecciones de las que trae causa han dejado maltrecho uno de los pilares del régimen de la Transición, el PSOE. El otro pilar, el de los nacionalistas burgueses vascos y catalanes hace tiempo que se resquebrajó; quedan la Monarquía, un poder fáctico menguante, y el Partido Popular con su mayoría parlamentaria. Todo este conjunto, hoy desunido y decrépito, ha representado y mantenido el orden establecido después de la muerte del general Franco hace 36 años. Parece llegado el momento de soltar amarras y liberar a España de un corsé que dificulta su salida al mar abierto de la democracia y del buen gobierno.

A modo de recordatorio para los más jóvenes, importa señalar que la Constitución de 1978 fue, en realidad, una carta otorgada para alcanzar metas mínimamente democráticas y constitucionales, que nos homologaran con el contexto europeo de entonces en el que los países dominantes tenían interés en tutelar la transición española para separarla del proceso revolucionario que se vivía en el vecino Portugal, proceso que posteriormente fue también reconducido. Por eso, sin desdeñar sus contenidos formalmente democráticos, el texto otorgado garantizaba claramente la posición de sus hacedores: la Monarquía, los dos partidos políticos nacionales, la entonces UCD y el PSOE, y los nacionalistas catalanes y vascos, cerrando la posibilidad a cualquier intento constituyente futuro. Precisamente, para blindarse contra los cambios se arbitraron unos mecanismos de reforma constitucional muy exigentes hasta el punto de hacerla casi inviable, salvo acuerdo de los dos partidos nacionales como ha sucedido recientemente Quedó así consumado el reparto de poder del Estado y perfectamente acotado el terreno de juego en el nuevo orden constitucional. La Constitución fue aprobada en diciembre de 1978 en un referéndum con una magra participación, poco más del 64 por 100 del censo electoral.

Durante más de treinta años se ha vivido una transformación social y económica innegable de nuestro país, gracias a la prosperidad europea y a la liberalización de la economía española. Los recursos han sido ingentes tanto europeos como internos, sobre todo estos últimos por el esfuerzo fiscal de los españoles. Casi todo ha cambiado menos el Estado, o mejor dicho la maquinaria pública en poder de la partitocracia. Esta se ha mantenido inalterada en manos de los partidos, que han extendido sus redes clientelares de forma que ninguna institución ni  actividad relevante ha quedado fuera de su control. El régimen autonómico ha sido un instrumento perfecto, junto con la sintonía casi servil con los detentadores del poder económico y financiero del país. No parecía posible que ese Titanic, flotando en una sociedad conformista y poco exigente, pudiera hacer aguas. La denominada monarquía
parlamentaria española era la versión actual de la monarquía burguesa de la Francia de Luis Felipe, sostenida bajo el lema de “enriqueceos”. Sin embargo, la inundación ha llegado: después de los chispazos y advertencias de mediados de los años 90, que no se tomaron en consideración, ha hecho crisis un modelo carcomido por su alejamiento de la sociedad y por el espejismo del dinero fácil. La bajada de la marea ha dejado al descubierto nuestras carencias económicas y sobre todo políticas.

La aguda crisis de uno de los partidos dinásticos, el PSOE, unida a la decadencia ostensible de la propia monarquía, atrapada entre su arcaísmo y su falta de ejemplaridad, añaden más leña al fuego del cambio constitucional necesario del Estado en España; tarea que, junto con otras, corresponderá 
iniciar a las nuevas Cortes y al gobierno que surja de las mismas, aunque no estuviera entre sus propósitos. El proyecto de reconstrucción nacional política y económica, que nadie niega, no puede llevarse a cabo con los mimbres maltrechos de las viejas políticas y de las instituciones caducas: la ordenación de la economía, la austeridad del poder público y la educación del país no pueden ser capitaneados con garantías de éxito sin enfrentar la revisión del modelo de la Transición. El mandato de los españoles, hastiados y aturdidos, parece claro, teniendo en cuenta las limitaciones de elección del sistema.

Ahora que tanto se habla de refundaciones, de Europa, del capitalismo, de la globalización, no estaría de más que se intentara la revisión del modelo español que, contra lo que sostienen sus defensores y beneficiarios en cada uno de los homenajes que se dan, ha quedado anegado por la incapacidad y por la corrupción. Se dirá que la nueva mayoría parlamentaria forma parte de ese modelo; y es verdad, pero también lo es que en las circunstancias críticas de cualquier Estado moderno, y ésta es una de ellas, quienes tienen el poder pueden abrir las puertas a los cambios o pueden levantar muros frente a los mismos. Ese es el dilema del tiempo político inmediato.

Publicado en "vozpopuli.com", el 11/12/2011

31 agosto, 2011

Un agosto tórrido

En agosto nunca pasa nada, ¿nada?, veamos:


Por lo pronto, fue caluroso como siempre; vean, vean: 


El día 10 pasamos de los 40º C...



Del 16 al 21 se celebró la Jornada Mundial de la Juventud:

El día 17, víspera de la llegada del Papa, se celebró una manifestación laica, ciudadana y respetuosa, en protesta por la financiación del evento religioso. Vean:

Me sorprendió que respetuosos y laicos ciudadanos llamasen a personas con edad de ser sus hijos o nietos, ¡pederastas!, fijo que influyó el calor...
Finalmente y debido al calor ambiental, resultó perjudicado el pobre oso, que no se metía con nadie...
Y llegó el vicedios y la corona osciló emocionada...
Entre otros edificantes actos Benedicto celebró una multitudinaria Eucaristía en Cibeles...
Y su ejemplo iluminó a determinados funcionarios...
Y, esa noche, Madrid vivió un aquelarre eucarístico, ¿qué no?
Ya se sabe, los españoles siempre más papistas que el Papa...
Y el Barça volvió a ganarle al Madrid y Mouriño buscó la paja en el ojo ajeno...
Y algunos le rieron la gracia que, ya se sabe, hay gente pa tó...
Y para rematar este tórrido y movido mes de agosto, nuestros "señoritos" deciden reformar la denominada carta magna, sin contar con "el ganao", es decir con el llamado "pueblo soberano", pero esto se lo explicará mejor D. Manuel Muela, que a mí, con la caló, me ha dado la risa floja...

El secuestro de la democracia en España





Si alguien tenía la esperanza de que la democracia se recuperase en España de la mano de estos políticos y de estos partidos habrá quedado chasqueado: la reforma constitucional anunciada por los dos partidos dominantes es una operación de imagen, probablemente baldía, para defender ante propios y extraños la capacidad de un sistema político, carcomido por la partitocracia, que desprecia a los ciudadanos y que utiliza sus tribulaciones para venderles elixires curalotodo. Por eso, no es extraño el desapego y la irritación creciente de parte de la sociedad ante tal estafa.

Quienes proponen esta reforma constitucional, cuyo contenido no es más que un breve recordatorio de algunos principios de buen gobierno, saben de su inutilidad, si no se hacen los cambios constitucionales necesarios para ordenar seriamente el Estado y para vigorizar el poder público. Es como trazar una raya en el agua de la tormenta económica. También lo saben, y si no lo averiguarán pronto, los inversores y los llamados mercados, para los que la crisis española es una pieza de caza mayor en la cacería del euro y de la unión monetaria europea, sobre cuya ruptura o desaparición se cruzan ya apuestas. Tampoco parecen ajenos a este enjuague los capitanes de la Unión Monetaria y del Banco Central Europeo, los de la carta-ukase secreta, atrapados en el laberinto de la crisis financiera, producto de la expansión crediticia que estimularon con entusiasmo. Por ello, parece justificado huir de los consejos turbios y de las amalgamas imposibles y enfrentarse a los problemas con energía, claridad de ideas y autenticidad democrática.

Creo que para abordarlos, y no eludirlos con meras campañas de imagen como la que nos ocupa, conviene insistir en que la crisis española, salvo demostración en contrario, es política y económica y trasciende a la internacional, aunque es verdad que ésta ha creado una situación crítica en Europa que agrava nuestros males. Pero en tanto no se reconozca así, seguiremos condenados a ser rehenes de la estulticia y del instinto de supervivencia de un sistema cuyo único objetivo es resistir. La meta ahora es procurar la sustitución del gobierno en las elecciones anunciadas y ya se verá. Aunque todos saben que el problema es de mayor enjundia, nadie quiere asumir el fracaso de un modelo político y económico que ha agostado para largo tiempo las ilusiones de los españoles.

Un Estado hipertrófico

En lo político tenemos los españoles un Estado hipertrófico, producto y cosecha de la Constitución otorgada en 1978, que ha engordado a lomos de la bonanza económica y del esfuerzo fiscal de sucesivas generaciones, y que ahora se nos muestra incapaz de responder a las necesidades de sus ciudadanos: las múltiples y variadas administraciones públicas, ansiosas otrora de competencias y presupuestos, se desgañitan sobre sus penurias actuales y su incapacidad para atender los compromisos; pero, eso sí, la estructura política existente es sagrada y ninguno plantea su cambio o simple abrogación.

En lo económico, sufrimos el desmoronamiento de un modelo excesivamente especulativo, que tiene malherido al sistema crediticio y que ha devastado el tejido empresarial. La recuperación tardará porque nuestras capacidades financieras y educativas están muy mermadas, aunque si se insuflase algo de seriedad y ejemplaridad por parte de las clases dirigentes, la sociedad conseguirá salir del pesimismo y de la desesperanza, sobre todo si no se ve tratada como una menor de edad, con espectáculos como el de esta proyectada reforma constitucional y otros parecidos que pueden venir en los meses próximos. Parece que nos aguardan grandes tardes de gloria.

Lo sucedido y anunciado en estos días es tan burdo y tan poco democrático que hasta algunos componentes del sistema de partidos y de sindicatos han elevado sus protestas, incluso los del partido del gobierno, que patrocina la reforma. Bien es verdad que protestan contra tal reforma, pero no hacen ni la menor mención a los cambios constitucionales que sí podrían oxigenar la vida pública. De todas maneras, las protestas no pasarán de un pequeño lío de familia y todo el mundo votará sumiso la propuesta de reforma constitucional, porque la han fabricado en una noche los señores que hacen las listas electorales. Y, de momento, no hay más.

Después de año y medio de gobernar por decreto-ley, ahora se propone una reforma constitucional con métodos análogos. Lo que venga después no lo sabemos, desde luego nada bueno, porque con elecciones o sin ellas, si se persiste en el fraude democrático y en el embalsamiento de la crisis española, la incertidumbre seguirá dueña de nuestros destinos. Por eso, la democracia en España tiene primero que ser rescatada y luego reconstruida.

Manuel Muela.-  28/08/2011 (El Confidencial.com)


14 abril, 2011

La República de abril: una reflexión



Manuel Muela* - 14/04/2011
El Confidencial.com


Hace 80 años, el 14 de abril de 1931, se proclamó en España la Segunda República, que pretendía aglutinar la esperanza de los españoles en un futuro mejor y los deseos de cambios políticos y sociales de una sociedad hastiada de las prácticas corruptas y autoritarias de la monarquía, que se había convertido, con la ayuda inestimable de los partidos dinásticos, en un obstáculo insalvable para el progreso de la nación. Fue un tiempo en el que el arroyuelo murmurante de gentes descontentas se convirtió en ancho río, que anegó los viejos principios de la Restauración. Y lo hizo de forma pacífica y bienintencionada, algo insólito en un país que, por mérito de la Dinastía, arrastraba un siglo de guerras civiles. Pero aquella esperanza se rompió, y la República, cinco años más tarde, desapareció tras una guerra civil atroz, que marcó el destino de España hasta tal punto que todavía hoy andamos a la búsqueda de los principios de libertad política e igualdad, que abanderaron muchos de nuestros compatriotas de 1931.
En los años transcurridos, casi un siglo, los españoles hemos construido un país distinto, aprovechando los ciclos económicos, también políticos, de este largo tiempo: la estratificación social es más equilibrada, con abundancia de clases medias, la economía es diversa, aunque no en la medida de lo deseable, y el bienestar social se ha extendido en función  del aumento de los recursos públicos. Todavía no llegamos a los niveles de los vecinos y socios europeos, pero se ha procurado el acercamiento Nuestro país no tiene las aristas de insatisfacción ni los problemas de injusticia y de pobreza de la España de los años 30. Los problemas y las carencias de hoy son otros y, si se trata de buscar alguna similitud, la podemos encontrar en que, además de en una crisis económico-financiera, vivimos inmersos en una aguda crisis político-constitucional que supone un obstáculo, creo que insalvable, para que España salga airosa, a medio plazo, de la postración en que ahora se encuentra.
Resulta complicado sintetizar las causas de la inquietud que nos atenaza, pero, en mi opinión, se pueden subrayar dos: una de orden político, que viene definida por la decadencia del régimen constitucional otorgado en 1978, que se ha demostrado incapaz de restituir a los españoles la libertad política y la educación cívica en grado suficiente para homologarnos con una sociedad moderna y desarrollada; la otra causa es de orden económico y tiene que ver con el fracaso en la construcción de un modelo productivo análogo al de las potencias industriales de la Unión Europea.
La crisis española actual ha puesto de manifiesto no solo que España está mal gobernada, algo que podría subsanarse con relativa facilidad en un orden democrático, sino que el mal gobierno hunde sus raíces en un sistema político aquejado de esclerosis y dominado por las elites de los partidos, que niega las prácticas parlamentarias, de las que presume, y que se obstina en no revisar aquello que ha contribuido al descrédito del Estado. Este se ha convertido en rehén de las organizaciones territoriales y de las apetencias de poder cercanas de los propios miembros de los partidos dominantes. Todos los recursos, no solo los económicos, de que dispone un Estado moderno han sido puestos al servicio de una manera de entender el ejercicio del poder público, que ha empeorado las viejas prácticas caciquiles y clientelares de la Restauración, que se pensó fenecerían con la llamarada de 1931.
Debate sobre el mantenimiento del statu quo
No creo que sea hiperbólico ni sectario señalar que en esta España de la segunda década del siglo XXI se va extendiendo el debate sobre la permanencia de unas estructuras políticas y constitucionales, cada vez más alejadas de la realidad social, en las que prima la defensa de sí mismas, mejor dicho de quienes las poseen y disfrutan, eludiendo la autocrítica y negando a los ciudadanos la posibilidad de opinar, salvo que dicha opinión no traspase los límites de esa dictadura moderna que es lo llamado políticamente correcto: una muestra inmediata de ello es que el país ha sido convocado a unas elecciones municipales y regionales a las que, de antemano, se niega cualquier posibilidad de cambiar el statu quo. Otra cosa será que se consiga. Toda la máquina partidaria y de comunicación trabaja para dar apariencia de normalidad a una consulta que se celebra en un país confuso y desesperanzado, que desconfía profundamente tanto de quienes le dirigen como de los que aspiran a ello.
Desde el punto de vista económico y financiero, la realidad no deja de ser desoladora: nuestro tejido productivo ha sido devastado y el paro y el endeudamiento público y privado son las indeseadas columnas vertebrales de un triste presente y de un azaroso porvenir. Son las consecuencias visibles de una gigantesca especulación, que fue abrazada con entusiasmo desde que España pasó a formar parte de la Unión Europea. No se han sabido digerir y sembrar la bonanza económica y la abundancia de recursos de estas dos décadas; por eso, frente al declive económico y las exigencias de los acreedores, aparecemos inermes y mendicantes, confiando en la benevolencia de nuestro socios europeos, también importantes acreedores, a los que vendemos unas sedicentes reformas, que agudizan la penuria de los débiles y pretenden dilatar el reconocimiento de los errores, que sería la base para encarar las actuaciones de saneamiento y de reestructuración que necesita el país. Se dice, todo es pura imagen, que la tempestad ha pasado y que se acercan tiempos mejores. Nada más falso: solo el terror de la Unión Monetaria ante la magnitud del desastre español hace de momentáneo dique de contención.
Por eso, hoy, que recordamos a otros compatriotas que hace 80 años intentaron sacar a España de la incuria y de la injusticia, nos convendría reflexionar sobre nuestras capacidades y sobre nuestra exigencia ciudadana, para fortalecer la libertad política y proponer con ella los cambios templados y rigurosos, que permitan superar un sistema que se ha adueñado de la voluntad del país en exclusivo beneficio de unas minorías políticas y económicas. Porque hay salida y esperanza, pero no por los caminos empedrados de la corrupción política y de la perversión económica. Se trata, en fin, de realizar las tareas pendientes e inacabadas de nuestra tortuosa historia.


*Manuel Muela es presidente del Centro de Investigación y Estudios Republicanos (CIERE).


AVISO: El miércoles 27 de abril, a las 19:00 horas y en la Sala Ciudad de Úbeda del Ateneo de Madrid, sito en la Calle del Prado, nº 21.(28014 Madrid), D. Manuel Muela pronunciará la conferencia "Una iniciativa política para encarar la crisis española", dentro del Ciclo “BASES PARA LA REFORMA CONSTITUCIONAL”, programado por la Sección de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Docta Casa. Presidido y presentado por D. Pedro López Arriba, Presidente de la Sección.


08 febrero, 2011

Importante artículo de D. Manuel Muela (P. CIERE) en la Revista TEMAS.



Una salida política a la crisis española


Manuel Muela 
Economista



La magnitud de los problemas nacionales, y la percepción de que los gobernantes parecen incapaces de ordenar la resolución de los mismos, ha extendido un sentimiento de fatalismo en la sociedad española, alentado por muchos medios de opinión, que se traduce en la falta de iniciativas y de propuestas que no pasen por la proclama repetida de los recortes sociales y de la obediencia a lo que, se dice, indican la Unión Monetaria y los acreedores de nuestro país. Es una orfandad peligrosa de la que conviene salir, por lo que sugiero un plan que contemple la constitución inmediata de un gobierno de gestión para lo que queda de legislatura, con el fin de ejecutar un proyecto de saneamiento político y económico, cuyos ejes principales serían: ordenar y unificar los poderes del Estado, plantear la renegociación de la deuda pública y reestructurar el sistema crediticio.

Creo que hay pruebas sobradas de que el Gobierno se encuentra sobrepasado por los problemas y que, por la rigidez institucional y la anemia de su partido, ni se provee su sustitución ni se contempla la anticipación de las elecciones generales, alegando que ha sido elegido para cuatro años. La oposición, por su parte, mantiene un distanciamiento desmovilizador, esperando el derrumbe para alzarse con una hipotética victoria sobre la tierra quemada, preñada de amargura, en 2012. Son, en mi opinión, actitudes fatalistas y dogmáticas, que demuestran el bloqueo institucional del sistema político español, que desacreditan los valores del régimen parlamentario y que agravan el daño de los españoles, convertidos en rehenes de la inepcia de sus dirigentes. Una situación de emergencia nacional, que requiere decisiones ambiciosas, sobre todo de carácter político e institucional.

Ante la parálisis y el descrédito de la política, que ya es un clamor en la sociedad, como demuestran las diferentes encuestas, si no se produce la reacción del partido y/o el grupo parlamentario del Gobierno, el Congreso de los Diputados, órgano supremo de la soberanía nacional, debería adoptar la iniciativa para lograr la constitución de un nuevo gobierno que merezca la confianza abrumadora del Parlamento, para ejecutar un plan nacional que sanee la economía, que restaure la confianza interna y externa y que inicie la apertura de un proceso de revisión constitucional.

Las dificultades acaecidas desde 2007 han puesto en duda muchas cosas, tanto en el plano internacional como en el doméstico; se ha dicho de todo y se han
planteado debates doctrinales sobre el capitalismo, sobre el papel de los Estados, sobre las organizaciones supranacionales etc. etc. También en España se están
cuestionando algunas realidades y una de ellas, que me interesa resaltar, se refiere a la capacidad del Estado para ejercer sus funciones debido a la gran dispersión de
poderes que se ha producido a lo largo de los años y al coste desmesurado que ello supone: el ejemplo genuino son las Comunidades Autónomas, convertidas en la práctica en contrapoderes estatales con vicios agudos de clientelismo y con escaso sentido de la solidaridad. Ni el gobierno más ilustre podría ordenar ese laberinto, sin cambios previos e importantes.

Ninguno de los defensores del derecho a la autonomía de las regiones, que se reguló por primera vez en la Constitución de la República Española de 1931, podría
respaldar y justificar la realidad actual del mismo: su ejercicio ha sido vanidoso y viciado, hasta el punto de convertirse en uno de los problemas que España tiene
para recuperar sus equilibrios. Ojalá no hubiera sido así, pero es y, en mi opinión, parece obligado revisar una situación que se ha convertido en un lastre para el 
ejercicio correcto del poder público.

Las bases del cambio constitucional capitaneado por ese Gobierno de gestión incluirían tal revisión. Mientras tanto, aprobará una Ley Orgánica que permita recuperar para el poder central la mayoría de las competencias transferidas, suspendiendo los organismos e instituciones autonómicas que las ejercen en la actualidad. Se ga-naría eficacia y se produciría una disminución inmediata de gastos en beneficio de una reducción significativa del déficit público. En su caso, el Tribunal Constitucional resolverá sobre la constitucionalidad de dicha Ley, que, repito, sería transitoria hasta que culminara la revisión constitucional.

El volumen y el coste de la deuda pública, ambos crecientes, nos permiten afirmar que los compromisos asumidos no podrán ser cumplidos, porque nuestra es-tructura económica y fiscal, a diferencia de la de otros países más endeudados que nosotros, no va a permitir, en largo tiempo, generar recursos suficientes para ello, salvo que alguien piense que se puede sacrificar en el altar de la deuda la parte del león del gasto público, porque además de injusto no es realista. Es verdad que nuestros prestamistas nos vigilan, como se repite una y otra vez, pero también el prestamista tiene que asumir riesgos, como es el caso. Si un Gobierno español serio y decidido, con un plan de saneamiento creíble, plantease, en concurso con la Unión Monetaria Europea, una renegociación de la deuda para dinamizar las cuentas públicas, se vencerían las resistencias iniciales de cualquier prestamista, que de verdad quiera cobrar.

Sin un sistema crediticio en funcionamiento resulta casi imposible pensar en la regeneración de la actividad económica. Nuestras entidades crediticias, o al menos la mayoría de ellas, siguen constreñidas por el enorme caudal de activos dañados e improductivos y la incertidumbre sobre la evolución de las operaciones de rene-gociación de deudas, cuyo volumen desconocemos, aunque seguro que es importante. Por ello convendría dar un paso más, sacando de los balances del sistema crediticio aquellos activos, fundamentalmente inmobiliarios, de difícil recuperación en el medio plazo, para estimar las necesidades de capital que resulten de ello. 
Como ya han planteado algunos expertos, se podría apelar al Fondo de Rescate de la Unión Europea para cubrir tales necesidades de capital, que se presumen
voluminosas, vistas las limitaciones de España para acometerlo en solitario. De esta forma, el sistema crediticio recuperaría el movimiento para desempeñar el papel que le corresponde en la economía nacional.

La labor a realizar por ese hipotético gobierno de emergencia nacional hasta las elecciones de 2012 comprenderá muchas otras materias, entre ellas una nueva electoral, pero no es la pretensión de este comentario enumerarlas; se trata de esbozar las columnas básicas de un proyecto que viene justificado por dos convicciones: la primera es que no se puede continuar sin enfrentar de raíz los problemas estructurales, políticos y económicos, que nos atenazan y la segunda demostrar que la democracia tiene vías y resortes para dar salida a las situaciones de emergencia sin tener que apelar a las viejas fórmulas autoritarias de las que España tiene experiencia.

Creo, para terminar, que lo propuesto puede parecer poco realista o utópico ante el proceso agudo de esclerosis del sistema, anclado en la dictadura de lo políticamente correcto, pero la penosa realidad española obliga a abrir un debate más profundo y de mayor enjundia que continuar con los señuelos y las amenazas a los débiles, circunscribiendo los problemas a si hay que subir éste o aquel impuesto, si esta semana colocamos la deuda a menos precio que la anterior, o si el jefe del gobierno, que es objeto de un excesivo y antidemocrático culto a la personalidad, comunica si se presenta o no a las elecciones. España merece más y también puede más.

TEMAS / Febrero 2011

06 septiembre, 2008

Debate presupuestario


Presupuestos y Parlamento

El período de sesiones de las Cortes se inicia con la incógnita sobre la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que, a causa de la parálisis económica, tendrán que ser muy distintos de los aprobados los últimos años. Hay quienes aventuran una prórroga de los presupuestos de 2008 sin más y, lo que es peor, sin hablar de las consecuencias políticas que se derivarían de ello en un régimen parlamentario, la principal de las cuales sería la dimisión del gobierno. Eso da idea de la escasa calidad de la democracia española.

A pesar de su definición constitucional como monarquía parlamentaria, el régimen de la Transición ha venido funcionando como un sistema pseudo presidencialista en el que el Congreso de los Diputados tiene escasa iniciativa y va a remolque del gobierno de turno. La fiscalización del gobierno es complicada, lo que la condena en la mayoría de las ocasiones a la esterilidad. El ejemplo de eso es que no ha habido ni un solo caso de jefe de gobierno o ministro que haya dimitido por causa de una iniciativa parlamentaria. Como tampoco ha habido casos, al menos significativos, de diputados que hayan contravenido la disciplina de partido.

En mi opinión, las causas principales de esta situación son el poder omnímodo de los dirigentes de los partidos políticos y la institución de la moción de censura constructiva que establece la Constitución. Según esta, solo se puede censurar al gobierno si se presenta un candidato a la jefatura del mismo, que obtenga la mayoría absoluta de la Cámara. Con la excusa de defender a España de la "inestabilidad gubernamental" se creó una coraza alrededor del poder ejecutivo en perjuicio de la labor del Parlamento. Además, se ha transmitido la idea falsa de que la moción de censura solo se justifica si prospera, tratando de desacreditar cualquier intento de utilización de la misma, si no se cuenta con la mayoría suficiente para aprobarla. Es una de las tantas mistificaciones que abundan en la política española.

De esta forma hemos asistido a la permanencia de gobiernos sin apoyo de la mayoría parlamentaria, por la imposibilidad de que esa mayoría pudiera proponer un candidato a la jefatura del gobierno. Como a su vez, la jefatura del Estado no tiene origen democrático, carece de iniciativa alguna en la materia. La rigidez del sistema conduce a que sea el jefe del gobierno el epicentro del mismo: el resto de las instituciones aletean a su alrededor con escasa fe en sus propias capacidades.

En estos momentos, el gobierno se encuentra atrapado con los compromisos legales e institucionales que no puede cumplir, como es el caso del Estatuto de Cataluña, y la crisis económica, que obliga a construir unos presupuestos más serios y austeros que los de los años de bonanza. En el primer caso habría que asumir el error y corregirlo, y en el segundo asunto, los presupuestos, se trataría de adecuarlos a una realidad adversa, lo que implicaría la reordenación del gasto público para que se mantenga dignamente la política social, eliminando todo aquello prescindible o superfluo, tarea a la que habrían de aplicarse todas las administraciones públicas.

Pero, hasta el momento, no se ha oído la menor autocrítica en cuanto a los compromisos asumidos y, en materia presupuestaria, se reitera un mensaje voluntarista con escaso fundamento económico-financiero. Todo ello adobado con la pretensión de ceder más recursos del Estado a las Comunidades Autónomas que, con sus pretensiones, parecen ajenas a las nuevas realidades de la economía española. Es como si en una empresa en crisis los responsables de la misma discutieran los presupuestos de sus departamentos con olvido de la marcha del negocio.

No obstante, cabe esperar que, ante los problemas con que nos enfrentamos, el Congreso de los Diputados salga de su conformismo, adoptando iniciativas encaminadas a ordenar la situación, poniendo al gobierno con los pies en la tierra, sin desdeñar la eventualidad de su sustitución, previa negociación de los grupos parlamentarios para diseñar gobierno y programa, junto con el compromiso de convocar elecciones generales en un plazo no superior a dos años, que sería el tiempo mínimo necesario para conjurar los efectos más negativos de la crisis económica y adoptar las medidas legales indispensables para dotar de eficacia al poder público.

El Parlamento, que es constitucionalmente la máxima representación de la soberanía nacional, podría contribuir así a restaurar la confianza de los españoles, haciendo uso de facultades un tanto olvidadas con respeto exquisito a los principios de la democracia parlamentaria.

Manuel Muela (Presidente del CIERE)

Artículo publicado en "El Confidencial.com"