
La izquierda y las derechas europeas y españolas, en tanto que movimientos sociales y políticos, hace tiempo que se convirtieron en puras plataformas de poder, en estrategias para la toma y control del Estado y nada más. La transición española de 1976-1978 se realizó sobre esa presunta división, lo que sólo sirvió para escamotear la realidad del fraude colosal que condujo a España desde la Dictadura franquista a la vigente Oligarquía Partitocrática, eludiendo cuidadosamente el establecimiento de la democracia.
Lejos quedan ya los momentos iniciales de esas dos referencias espaciales. Y es que derechas e izquierdas modernas tienen fechada, casi con la precisión de la hora y el minuto, su momento inicial: el episodio del recuento de sufragios, en la votación sobre el derecho al veto del soberano en la Asamblea Constituyente francesa, el 28 de agosto de 1789, dió lugar a la aparición de los términos izquierda y derecha. Para realizar el recuento, a la derecha de la presidencia se situaron los partidarios del veto real sobre las leyes, los partidarios del despotismo; a la izquierda, los partidarios de que el Rey no tuviese derecho de veto sobre las iniciativas legislativas, es decir, los partidarios del gobierno popular. En suma, derecha e izquierda significaron en su momento fundacional la metáfora espacial del pasado y del futuro.
Han pasado muchos años desde entonces y, con el tiempo, izquierdas y derechas se fueron convirtiendo en dos denominaciones vacías y asfixiantes. Pasó el siglo XIX con sus revoluciones siempre inconclusas, con la aparición del socialismo, nueva (entonces) izquierda que prometió el paraíso en la tierra. El pasado quedaba cada vez más lejos, pero los términos se mantenían. El nuevo socialismo reclamaba su carácter “izquierdista”. Y llegó el siglo XX, en el que el socialismo alcanzó sus más altas cotas en Rusia, con la aparición de la Unión Soviética (1917), así como en Alemania, con la afloración del nacional-socialismo (1933). Entre ambos, un importante dirigente del Partido Socialista Italiano, Benito Mussolini, se separó del partido para crear una nueva teoría socialista llamada a alcanzar el éxito en breve plazo: el fascismo. Los socialistas marxistas denominaron de “derecha” al socialismo nacionalista o fascismo de Italia y Alemania, sin reparar en la paradoja de que el socialismo radical o comunismo, no era sino una versión de ese mismo socialismo nacional, pero en Rusia. Todos ellos, fascismo y comunismo, se convirtieron en las más terribles dictaduras que haya conocido jamás la historia de la humanidad.
Y sin embargo, pese al fracaso de todas esas ideas que se reclamaban de “derecha” o de “izquierda”, cuando el mundo ha terminado de poner en sus sitio a todas esas ensoñaciones mitificadoras que sólo alcanzaron el desastre, la dicotomía sigue viva y con una virulencia creciente. En la política española actual, hay muchos que piensan que es preferible una Monarquía de “izquierdas” (léase el Rey con un gobierno del PSOE) que una República democrática, a la que se llega a calificar, a veces, como “república de derechas”.
Quizá por todo ello sea preciso retomar hoy, de nuevo, el viejo camino abandonado, la senda perdida del combate más intransigente por la libertad real, por la igualdad efectiva y por una justicia social eficaz. Retomar las ideas y programas del discurso que nace de la Democracia, que ha sido la gran ausente en nuestras sociedades europeas. Porque aún hay muchas Bastillas que derribar, aunque sean Bastillas en las que se encierran, junto a los caducos monarcas, las no menos caducas izquierdas socialistas.
Pla